Alejandra Pizarnik
“He meditado en la posibilidad de enloquecer. Ello sucederá cuando deje de escribir. Cuando la literatura no me interese más”
Supe de Alejandra Pizarnik en la conferencia de un coloquio literario al que asistí hace años. Ese día tocaban lecturas textuales. En el tríptico que tenía en la mano, el programa matinal apuntaba: Los funerales de la mamá grande, de García Márquez; Lima, la horrible, de Salazar Bondy y La sala de psicopatología, de Pizarnik. De los dos primeros algo sabía, pero de la última en cuestión, absolutamente nada. Solo me llamó la atención el excéntrico sonido de su apellido, y bajo esa única razón me decidí por entrar y escucharla. Quedé sorprendido al ver a tantas personas agolpadas en la entrada de esta sala a diferencia de las otras, donde no se veía a nadie. Estaban cuatro ponentes, tres de ellas mujeres, frente a una audiencia de género mixto. Yo estaba esperando lecturas acompañadas de un discurso académico, semiótico y hasta hermenéutico, tan propio de estas circunstancias. Nada de eso. Desde que empezó la lectura todo fue un festín. Comentarios con todos los que me rodeaban, risas, carcajadas, miradas de asombro. Cada línea, cada frase al rojo vivo o mención onerosa fue como pasar por una montaña rusa de sensaciones; pausas, elevaciones, pasos del silencio al clímax, aplausos al final. En suma, una máquina de vértigo personal que pocos o nadie se atreven a plasmar. Nunca lo había visto ni oído en nadie. No me importó que algunos dijeran al final que fue una composición meramente sanguínea, pero nunca la había pasado tan bien escuchando poesía. Nunca me había recibido ese tipo de descarga eléctrica de emociones en algo que parecía tan serio. Decir que salí solo sorprendido sería mezquino. Inspirado, extasiado, casi crushed son adjetivos que se acercan más a la verdad. En el camino de regreso sentí que cualquiera de mis sensaciones y elucubraciones se podían simplificar en una sola pregunta fundamental: ¡¿de dónde salió esta mujer?!
¿Qué se nos viene a la mente cuando escuchamos el nombre de Alejandra Pizarnik? Seguramente pensaremos en algo visceral. Quizás desgarrante. Pero hablar de Pizarnik es ir algo más allá de la pura vehemencia o el aturdimiento. Para mí, es hablar de una poesía sin tamiz alguno. Lo encuentro más como la capacidad de plasmar a través del lenguaje las sensaciones más íntimas desde lo más recóndito del cuerpo. Para entender a Pizarnik no debemos recurrir demasiado a la hermenéutica. A partir de sus versos podemos sentir en estado de ánimo de cada particular momento en que los escribió.
Leer a Pizarnik es hacerse adicto a Pizarnik. Su poesía está hecha para despertar ese alter ego melancólico y desasosegado que todos tenemos dentro. Es el mejor consuelo en esos momentos difíciles y la mejor amiga de quien podemos recibir una fuerte dosis de coraje y ánimo. Pizarnik, sí, es cierto, es bastante extrema, sanguínea y sin temores. Pero hay algo que ella siempre persiguió detrás de ese telón de extremismo: la búsqueda de un lenguaje propio.
Se ha hablado tanto de los temas recurrentes de Pizarnik -que su locura, que su tendencia lúgubre-en las últimas dos décadas que pocos han puesto atención a su extraordinaria sensibilidad. Cuando nos acercamos a sus cartas y diarios, descubrimos una persona viva, que añoraba fuertemente, como cualquier otra, la presencia de los suyos a su lado, que demostraba gratitud y admiración sin guardarse nada. Un fuerte cariño hacia los suyos. Una creadora tan humana como todos nosotros. Hay, también, una clara conciencia de lo que suponía su profesión y la valentía para asumirla como tal; trabajos inestables y esporádicos, reconociendo su inutilidad para otros y teniendo presente que la poesía era para ella un medio y un fin: “Esta voz aferrada a las consonantes. Este cuidar de que ninguna letra quede sin enunciar. Hablas literalmente. No obstante, se te comprende mal. Es como si la perfecta precisión de tu lenguaje revelara en cada palabra un caos que se vuelve más evidente en la medida en que te esfuerzas por ser comprendida.”
Pizarnik también incursionó en géneros como la prosa y el teatro, a pesar de su declarada incapacidad de escribir ficción, para experimentar la añorada forma del verso prosado, que contribuyó a crear mundos oscuros, tortuosos, pasionales, pero donde siempre está presente la característica sensación de experimentación del cuerpo, con los persojanes, objetos y lugares que la rodean. Su estancia en París, gracias una beca de estudios, la obligó a llevar una vida solitaria, reducida a un cuarto en medio de penurias económicas pero, como contrapartida, ese periodo logró acercarla muy íntimamente con la obra de novelistas y poetas franceses tan afines a ella en cuando a inspiración e intereses tales como Marguerite Duras, Henri Michaux y Antonin Artaud debido a sus labores como traductora.
Su vuelta a Buenos Aires significó vivir en una época tanto fértil como febril; de un lado, la publicación de El infierno musical y la experimental La condesa sangrienta y del otro, la aguda depresión en que se sumió. Es justamente a partir de los mensajes encontrados en estos dos libros que su idea de autoflagelación queda evidenciada. Dos intentos de suicidio la llevan a dolorosas estancias en clínicas, pero su adicción a las pastillas termina en una sobredosis que se la lleva a los 36 años en 1972.
Quizás debido a su suicidio, su inestabilidad emocional o su homosexualidad, Pizarnik soprendió mucho más en generaciones posteriores que en la suya. De alguna forma, formó parte de la gran tradición de creadores desaparecidos a quienes tanto admiramos, pero lo que nos dejó no se reduce únicamente a sucesos como estos. También nos dejó la posibilidad de una poesía distinta, corpórea, descarnada, sin tapujos ni complejos. Con la posibilidad de hacernos pasar momentos tan especiales como el que viví esa mañana o como le puede pasar a cada persona que la descubra, y con la legítima potestad de reclamarlos-incluso póstumamente- como eternamente suyos.
domingo, 14 de febrero de 2010
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